viernes, 1 de junio de 2018

NUMEN

Hace tiempo que tengo abandonado el blog.
Veremos de cambiar eso.
Click en play:

Hoy hace ya casi un año que Numen se tomó la nube.



Estaba pendiente el aporte de hoy, en homenaje, en recuerdo, en agradecimiento y en amor.




Ya llevo poco más de 30 años como Concertista en ejercicio. A lo largo de este camino toqué una buena cantidad de conciertos, algunos excelentes, otros vergonzosos. Pero hubo algunos que me marcaron mucho, y para bien. Hubo uno en especial que recuerdo cada tanto. Fue el que tocamos con Numen Vilariño y Ariel Caldarelli en el año 2002. Hace un rato ya. 
Sin embargo lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Muy pocas veces desde entonces he vuelto a sentir tal intensa emoción. 


Una costumbre que tengo desde hace años es retener por escrito algunas crónicas de mi devenir. No son unas “memorias”, pero me ayudan a no olvidar.
Lo que sigue lo escribí allá por el 2005…me tomé la libertad de marcar en negrita lo que hoy me resulta más trascendente.

Numen Vilariño me invitó a integrar el Piazzolla 93, en su novena temporada, la referencia profesional que él tenía de mi, era que soy buena persona, un buen tipo. Con eso le fue suficiente para saber cuál era mi modo de tocar. Con Numen aprendí muchas cosas. En primer lugar a tener paciencia con los veteranos y confiar en su palabra luego de descifrar lo que realmente te están queriendo decir. Tiene sus códigos muy especiales. La franqueza es absoluta, ídem la honestidad. El desnudarse emocionalmente frente al compañero es natural y además: esencial. Los arreglos musicales se hacían sobre la base de la partitura  para piano, la cual él nunca tocaba cómo estaba escrita, sino cómo realmente se debe leer. Sobre eso yo improvisaba con creatividad propia y con muchas sugerencias de Numen, e incluía segmentos melódicos que entonces dejaba de tocar el piano, o lo tocábamos al unísono logrando un timbre muy especial. Las cosas que iban quedando a nuestra satisfacción las escribía y luego, a la hora de tocar, todo aquello tenía la categoría de una muy buena improvisación, mantenía el aire de espontaneidad, a pesar de haber sido ensayado exhaustivamente. Ensayábamos varias horas, dos o tres veces por semana, y cada ensayo era de gran intensidad. A veces nos enojábamos ambos. Mucho. Muchísimo. Antes de salir a tocar nos hacíamos chistes. El trabajar de esa manera , medio improvisado y sin embargo pensado,  atendiendo a lo que te surge desde las entrañas y desde tus capacidades cómo instrumentista, se logra un lenguaje que es básicamente música en su esencia, es esencialmente música. Eso explica la comunicación emocional lograda con el público. Algunas personas del público lloraban de conmoción. A mí me faltaba el aire. Lo más importante que aprendí con Numen, además de las acentuaciones tangueras, interpretar a Piazzolla y no atropellar la dificultad cuando aparece, fue el concepto de que todo, todo pasa por la sensibilidad, la cual está atada a la creatividad, lo cual a su vez, nutrida con “pasión real” (sic.) y tomando la partitura como lo que es: un papel, te abre las puertas a la libertad total y las emociones pueden florecer y acometer y ocupar todo el espacio, sin vergüenza, sin orgullo, sencillamente estar ahí. Como una criatura mitológica que una vez finalizada la creación de su propio ser, vuelve a desintegrarse para renacer. Recuerdo cuando - ante mi duda, si no estaría exagerando con la percusión en la guitarra – me dijo: “No tengas miedo a los excesos”. Con Numen ensayamos por más de un año, tocamos un par de veces y luego yo me tuve que alejar, de modo que me abrí, y hasta siempre mantenemos una amistad de mucho cariño.
Por más que me digan que el viejo es medio loco.

La únicas dos grabaciones que quedaron de aquellos conciertos, son un par de casetes, con muy mala calidad sonora. 
Sin embargo, en el trabajo que hacemos con Gonzalo Gravina, como en la versión de “El Gordo Triste” que estamos escuchando, en los arreglos, en las cuestiones interpretativas, sin ánimo de comparar,  trato de plasmar lo aprendido con Numen.

En ocasión de alguno de esos conciertos nos hicieron una nota en una radio, aquí comparto el audio:
ENTREVISTA en RADIO
De modo que, amado Numen, desde este lugarcito que habito, te brindo homenaje, y agradezco al destino que me puso en tu camino para que tuviéramos aquel diálogo tan curioso: 
“Pablito, tenés que venir a tocar conmigo!” 
“Pero Numen… no sé si soy capáz, además vos ni sabes como yo toco. Nunca me escuchaste.”
“Eso no importa… sos buena gente.


 Te abrazo, besos a Emma y a Elena… hasta siempre.

viernes, 2 de marzo de 2018

DANIEL


Como siempre: primero “click” en “play”


El blog de hoy va dedicado a Daniel Viglietti.




Qué se puede decir? 
Qué puedo decir YO?  

No voy a escribir datos sobre Daniel…que ya todos sabemos, tampoco escribiré lo obvio: su calidad de cantautor latinoamericano y todas esas cosas…
Ya todo se ha dicho, son cosas sabidas (aunque los más jóvenes aún lo desconozcan y esté latente la amenaza de que su figura caiga en el olvido de estas nuevas generaciones, por increíble que nos parezca).
Solo puedo contar unas poquitas cosas que vivencié desde mi infancia, y que sin duda - vaya a saber en qué medida - influyen en mi presente de guitarrista, o bien: en mi labor de militante con guitarra. 

Vamos a exprimir un otro gajo de guitarra.

Lo primero que surge es una vaga reminiscencia de una sensación… un nerviosismo, entusiasta y con una pizca de temor de niño chiquitito, al momento de entrar al NEMUS para tocar un tambor, en lo que supongo sería un curso de iniciación musical a cargo de Daniel.
No se…yo tendría unos cuatro o cinco añitos.
En el mismo NEMUS en el que 20 años después – al regreso del exilio – tuve unas clases de solfeo.

Recuerdo también la sensación de alerta y de tener que irse rápido, con la mano de mamá apretando bien fuerte la mía, cuando en un acto en la calle, mientras Daniel cantaba “El Chueco Maciel”, se aproximaban como un sonido lógico y esperado las sirenas de los patrulleros…  

Alegría sentía, y orgullo mientras zapateaba, cuando sonaba la “Canción de Pablo”, convencido de que la había escrito para mí. 

Otra sensación era de asombro y maravilla, cuando (ya en el exilio) paraba Daniel en casa y nos entretenía a mis hermanos y a mí con trucos de magia de “El Mago Viglietún”


Una sensación de angustia, pero también de abrigo, así como de lazo indisoluble con mis hermanos, al escucharlo cantándonos en un acto solidario (siempre solidario) su canción “El corazón de mi padre”:
El corazón de mi padre es un latido
Que malherido palpita, que sigue vivo.
El corazón de mi padre es la campana
Que en medio de tanta sangre trae la mañana.

El corazón de mi padre es una fruta;
Al pie del árbol madura, nos llama y junta.
El corazón de mi padre es como un puño,
Es como aquel protector nacido en junio.

Daniel fue un compañero más, de los tantos que pararon en casa durante el exilio en Alemania, desde el viejo Erro, pasando por Sassano y el Gringo López, hasta Numa Moraes o Mario Benedetti, todos nos dejaron cosas importantes: valores, dolores, sensaciones, esperanzas, utopías.
Rabia, mucha rabia me hizo sentir, las esvásticas tajeadas en las piernas de Soledad Barret.
Placer, leyendo a Roque Dalton, pulgarcito de Poeta.
Mi hija se iba a llamar Ana Clara, casi como afirmación de un amor que se nutre del compañerismo
Ya siendo yo un estudiante de guitarra, recuerdo que le hice una “entrevista” devenida en charla, sobre cuestiones guitarrísticas.


Ahora de grande, se me adentra una sensación de vacío pensando que el tipo se nos murió.

Ahora de grande, escucho la canción del Chueco y aquellas sirenas vuelven sonar en mi cabeza. 
Parece que solo yo las escucho. 

Ahora de grande, me intriga saber si para la canción “Por todo Chile”, Daniel no se habrá inspirado en la Sonata Nº 20 D959 para piano de Schubert. Esta que estamos escuchando.

Ahora de grande quise dedicarle una composición a Daniel

Ahora de grande quise componer un tango, humilde,

Y me puse a improvisar sobre músicas de Daniel

Y salió esto:


Arriba los que luchan!   
Porque esto, corte y hacha, no acabó.