miércoles, 18 de julio de 2018

BALTAZAR


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Baltazar Benítez, Durazno 1944 – 12.07.2018 Tilburg (Holanda)



Lo recuerdo como si fuera hoy. Estaba yo dando mis primeros tumbos en este oficio de la guitarra clásica, cuando el tío (Jorge Risi) en una de sus tantas clases que le robé, me preguntó si yo tenía algún referente, un “ídolo”… Sin dudar respondí: “Baltazar Benítez!”
El tío volvió a preguntar: “Pero escuchaste a Julian Bream?  Alirio Díaz? Andrés Segovia?”
“Si, claro!” –respondí-  “me quedo con Benítez”.
Durante las clases que tomaba con Amílcar Rodríguez Inda, quien fue mi MAESTRO fundamental, él me contaba muchas cosas del “Negro” Benítez. Me mostraba las cartas y postales que se escribían con sus códigos de amigos. La alegría de Amílcar, las anécdotas, …todo agigantaba aún más la figura de Benítez en mi cabecita y también mi admiración.
Años después me tocó emigrar y estudiar con José Tomás (Guitarrista español, otrora asistente del mismísmo Andrés Segovia), con quien a la tercera clase discutimos de forma muy desagradable. Lo último que me dijo fue: “Debes corregir el pulgar, sino tendrás el mismo problema que tiene Baltazar Benítez”.
Fue la única de esas tres clases que me fui conforme, contento, casi felíz.
Quiso el destino que pocos años después tuve la oportunidad de estudiar con Baltazar. Vivíamos en Alemania y el viaje a Tilburg (Holanda), donde vivía Baltazar, me llevaba dos horas manejando. La primera vez que lo llamé él no me quiso atender. Hable con su señora, la cual me explicó su casi depresivo estado de ánimo, tras un largo quebranto de salud que no viene al caso contar. No obstante ella me invitó a que fuera a visitarlos y charláramos un rato.
Fui, con mi guitarra, y toqué algunas piezas de Piazzolla, precisamente en arreglos hechos por Benítez, y le expresé mi deseo de estudiar con él (fundamentalmente quería saber cómo lograba ese trémolo perfecto).
Él ya no quería dar clases. Sin embargo parece que mi visita tuvo cierta influencia anímica, pues tras la charlita de unas dos horas, me dijo que me esperaba la semana siguiente, para continuar charlando. Yo feliz.
No fueron muchas clases, pero eso si: muy intensas. Trabajamos varias piezas de Barrios, Piazzolla, la suite 3 de Bach y algunos Tangos arreglados por Rapat.
Nunca llegamos a establecer una relación más profunda…lástima. Pero bueno, es lo que me tocó.
Lo que sí sé, es que como guitarrista, además de un virtuoso técnico, es un intérprete fuera de lo común. Un Artista que se adentró con su guitarra clásica en todos los estilos posibles (incluyendo el tango arrabalero) y en cada obra, cada estilo, entregaba su personalísima y hermosísima interpretación. Dentro de los distintos lenguajes estilísticos, lograba ofrendarnos su aporte creativo en cada pieza.
Siempre digo que hay pocos colegas, cuyas interpretaciones me mueven el piso…Benítez es uno de ellos. Le he “robado” varias ideas interpretativas…y con mucho orgullo puedo decir que hasta hoy mantengo vivo “el mismo problema del pulgar”, al cual se refería el gran José Tomás.   
PAH!!! dijera Amílcar,
GRACIAS Baltazar!



Les dejo aquí el link a uno de los programas de “Miércoles de Guitarra” (de Alfredo Escande y Numa Moraes…con permiso) dedicado a Benítez:
También les comparto este texto que escribió el colega Gonzalo Solari desde Italia (permiso Gonza), y que me gustó mucho por ser vivencias más o menos parecidas a las propias:
En aquel invierno montevideano y austral de 1971, yo tenía quince años y andaba a los piñazos con el Estudio N° 1 de Heitor Villa-Lobos.
Me lo había escrito a mano con su caligrafía inconfundible mi querido Maestro de entonces, el siempre recordado Amílcar Rodríguez Inda.
Apoyaba la guitarra boca abajo sobre sus piernas y el fondo de aquella Orozco que llenó mi adolescencia de arpegios y escalas, se transformaba en una mesita improvisada.
El timbre del cartero interrumpió la clase.
Amílcar bajó con su proverbial parsimonia.
Por la escalera había prendido su Montevideo Extra que apretaba entre el anular y el meñique de la mano derecha aun cuando no empuñaba la guitarra.
Él me enseñó a tocar aguantando el cigarrillo con esos dos dedos.
En aquella piecita del apartamento de la calle Evaristo Ciganda había que apartar el humo con la mano.
Volvió leyendo una carta cuyo sobre vacío asomaba por uno de sus bolsillos traseros.
-Pah, Gonzalo, tá brava la niebla!-dijo mientras agregaba rochense y castizamente:
-Sabes que me ha escrito El Negro?
-Qué Negro?-pregunté yo
-El Negro Baltazar Benítez
Amílcar leyó la carta en voz alta.
Hoy mentiría si dijera que recuerdo el contenido pero me quedó prendado el "tono" eufórico de aquellas líneas que habían zarpado de una España aún más lejana para un canarito como yo que todavía vivía en Fray Bentos.
Lo que no olvidaré jamás es el encabezamiento: Querido sopeti.
Aquella fue la primera vez que oí hablar de ese amigo, compatriota y extraordinario guitarrista que fue Baltazar Benítez.  
El destino lo golpeó duramente pero él se defendió como pudo y cuando ya estaba contra las sogas, le dio "áperca" en la mandíbula con sus grabaciones que son la mejor manera de esquivar golpes mortales y de recordarnos que ausencia no es olvido.

Y no pueden faltar algunas de las interpretaciones que más me conmueven de la guitarra de Benítez, algo así como “Benítez Esencial”:
1. el segundo movimiento de la sonatina de Moreno Torroba que escuchamos al inicio, y además:
2. “El último canto”, de Agustín Barrios
3. Vals Op8 Nº4, también de Barrios
4. Preludio de Suite BWV 996, de J.S. Bach


SALUD!!!!

viernes, 1 de junio de 2018

NUMEN

Hace tiempo que tengo abandonado el blog.
Veremos de cambiar eso.
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Hoy hace ya casi un año que Numen se tomó la nube.



Estaba pendiente el aporte de hoy, en homenaje, en recuerdo, en agradecimiento y en amor.




Ya llevo poco más de 30 años como Concertista en ejercicio. A lo largo de este camino toqué una buena cantidad de conciertos, algunos excelentes, otros vergonzosos. Pero hubo algunos que me marcaron mucho, y para bien. Hubo uno en especial que recuerdo cada tanto. Fue el que tocamos con Numen Vilariño y Ariel Caldarelli en el año 2002. Hace un rato ya. 
Sin embargo lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Muy pocas veces desde entonces he vuelto a sentir tal intensa emoción. 


Una costumbre que tengo desde hace años es retener por escrito algunas crónicas de mi devenir. No son unas “memorias”, pero me ayudan a no olvidar.
Lo que sigue lo escribí allá por el 2005…me tomé la libertad de marcar en negrita lo que hoy me resulta más trascendente.

Numen Vilariño me invitó a integrar el Piazzolla 93, en su novena temporada, la referencia profesional que él tenía de mi, era que soy buena persona, un buen tipo. Con eso le fue suficiente para saber cuál era mi modo de tocar. Con Numen aprendí muchas cosas. En primer lugar a tener paciencia con los veteranos y confiar en su palabra luego de descifrar lo que realmente te están queriendo decir. Tiene sus códigos muy especiales. La franqueza es absoluta, ídem la honestidad. El desnudarse emocionalmente frente al compañero es natural y además: esencial. Los arreglos musicales se hacían sobre la base de la partitura  para piano, la cual él nunca tocaba cómo estaba escrita, sino cómo realmente se debe leer. Sobre eso yo improvisaba con creatividad propia y con muchas sugerencias de Numen, e incluía segmentos melódicos que entonces dejaba de tocar el piano, o lo tocábamos al unísono logrando un timbre muy especial. Las cosas que iban quedando a nuestra satisfacción las escribía y luego, a la hora de tocar, todo aquello tenía la categoría de una muy buena improvisación, mantenía el aire de espontaneidad, a pesar de haber sido ensayado exhaustivamente. Ensayábamos varias horas, dos o tres veces por semana, y cada ensayo era de gran intensidad. A veces nos enojábamos ambos. Mucho. Muchísimo. Antes de salir a tocar nos hacíamos chistes. El trabajar de esa manera , medio improvisado y sin embargo pensado,  atendiendo a lo que te surge desde las entrañas y desde tus capacidades cómo instrumentista, se logra un lenguaje que es básicamente música en su esencia, es esencialmente música. Eso explica la comunicación emocional lograda con el público. Algunas personas del público lloraban de conmoción. A mí me faltaba el aire. Lo más importante que aprendí con Numen, además de las acentuaciones tangueras, interpretar a Piazzolla y no atropellar la dificultad cuando aparece, fue el concepto de que todo, todo pasa por la sensibilidad, la cual está atada a la creatividad, lo cual a su vez, nutrida con “pasión real” (sic.) y tomando la partitura como lo que es: un papel, te abre las puertas a la libertad total y las emociones pueden florecer y acometer y ocupar todo el espacio, sin vergüenza, sin orgullo, sencillamente estar ahí. Como una criatura mitológica que una vez finalizada la creación de su propio ser, vuelve a desintegrarse para renacer. Recuerdo cuando - ante mi duda, si no estaría exagerando con la percusión en la guitarra – me dijo: “No tengas miedo a los excesos”. Con Numen ensayamos por más de un año, tocamos un par de veces y luego yo me tuve que alejar, de modo que me abrí, y hasta siempre mantenemos una amistad de mucho cariño.
Por más que me digan que el viejo es medio loco.

La únicas dos grabaciones que quedaron de aquellos conciertos, son un par de casetes, con muy mala calidad sonora. 
Sin embargo, en el trabajo que hacemos con Gonzalo Gravina, como en la versión de “El Gordo Triste” que estamos escuchando, en los arreglos, en las cuestiones interpretativas, sin ánimo de comparar,  trato de plasmar lo aprendido con Numen.

En ocasión de alguno de esos conciertos nos hicieron una nota en una radio, aquí comparto el audio:
ENTREVISTA en RADIO
De modo que, amado Numen, desde este lugarcito que habito, te brindo homenaje, y agradezco al destino que me puso en tu camino para que tuviéramos aquel diálogo tan curioso: 
“Pablito, tenés que venir a tocar conmigo!” 
“Pero Numen… no sé si soy capáz, además vos ni sabes como yo toco. Nunca me escuchaste.”
“Eso no importa… sos buena gente.


 Te abrazo, besos a Emma y a Elena… hasta siempre.